Testimonios Carlos

He sido pastor evangélico por más de 20 años y ahora colaboro en el Consejo de una iglesia evangélica además de ser redactor de la revista “En la Calle Recta”.

La palabra evangélico fue para mí, desde la niñez, una palabra herética lo mismo que la palabra protestante.

Nací en 1.955, en un hogar de tradición católico-romana como la mayoría de los españoles. Mis padres me llevaron para ser bautizado al poco tiempo de nacer. A los ocho años de edad recibí la primera comunión confiando ciegamente y felizmente en que Dios se encontraba encerrado en aquella pequeña oblea consagrada que me estaba llevando a la boca. Vigilé con mucho temor de no morder a Dios, sino simplemente esperar a tragar aquel pan sin asfixiarme.

La dicha de tener a Dios “dentro” de mí pasó pronto al olvido y me dediqué a conocer todo aquello aquello que el mundo ofrece a un adolescente. Hasta los 16 años iba a misa cada día, siendo uno de los pocos alumnos de la escuela de los Salesianos que aún asistía a dicha celebración. A partir de entonces, todos mis compañeros de colegio y yo mismo dejamos de asistir a la iglesia porque no nos aportaba absolutamente nada.

Recuerdo en una ocasión al poco tiempo de dejar la escuela hacer una visita a un templo católico romano para retomar la vida cristiana y cumplir con todos los mandamientos, pero la buena intención duró 24 horas. Me decía a mí mismo que yo era una buena persona, que Dios era mi “compadre” y que por lo tanto él entendía que yo no cumpliera con todos los requisitos de los mandamientos.

Continué siendo un pillo hasta el día en que me casé. Ese día volví a pisar una iglesia. Pero solo ese día. Mi vida y la de mi esposa estaban abocadas al más rotundo fracaso marital hasta que un día un “evangelico” me retó a leer la Biblia. ¿Cómo es que yo siendo católico no había leído toda la Biblia, sino sólo algunas historias sagradas y algo de los evangelios? Entonces descubrí que existían libros como Proverbios y Eclesiastés llenos de rica sabiduría para todos, o epístolas como la de Santiago que dice las cosas tan claras que las puede entender el más tonto.

Fue entonces, cuando con 27 años, leyendo la biblia yo solo en un hotel, Dios me habló poderosamente por su Palabra. Leía el Salmo 50 cuando unos versículos tocaron mi corazón profundamente.

Pero al malo dijo Dios:

¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes,

Y que tomar mi pacto en tu boca?

Pues tú aborreces la corrección,

Y echas a tu espalda mis palabras.

Si veías al ladrón, tú corrías con él,

Y con los adúlteros era tu parte.

Tu boca metías en mal,

Y tu lengua componía engaño.

Tomabas asiento, y hablabas contra tu hermano;

Contra el hijo de tu madre ponías infamia.

Estas cosas hiciste, y yo he callado;

Pensabas que de cierto sería yo como tú;

Pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.

Dios hizo un retrato de mi vida con esas palabras. Yo era ese malo del cual habla. Y él había callado hasta entonces. Me reprendió de tal modo que caí arrodillado en el suelo del hotel, llorando durante horas. Dios podía haberme destruido y no lo había hecho. Tuvo misericordia de mí. Desde ese mismo instante yo supe que le pertenecía. Que él me amaba de pura gracia. Y entendí el valor perfecto de toda la obra de la salvación en Cristo a mi favor.