El testimonio de Jónatan Martín

“Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”

Hola Jónatan, ¿Por qué has escogido este título para tu testimonio?

Lo he escogido porque me identifico mucho con este texto de la primera carta del apóstol Pedro, capítulo dos y versículo nueve. La razón de ello, es que soy consciente de que no tenía por aquel tiempo anterior a mi conversión ninguna intención ni deseo de buscar a Dios, sino que fue él mismo quien me buscó y llamó. Y la verdad, sea dicha, no sólo escuche su voz, sino que no pude resistir su llamada, y le seguí (Juan 10.27) ¿Acaso puede alguien resistir a Dios? Cuando me llamó, no pude hacer otra cosa, contemplé mi pecado, y le vi a él con sus brazos abiertos, como mi suficiente Salvador.

Antes de continuar, quiero presentarme: mi nombre es Jónatan y tengo 33 años. Estoy casado con la mujer más hermosa del planeta: Séfora. Y no solo eso, sino que Dios ha querido regalarnos dos preciosas hijas: Séfora (7 años) y Alma (de pocos meses). Sinceramente, creo que toda persona, sea creyente o no, debería dar gracias a Dios cada día por todo lo que Dios les da.

¿Cómo describirías tu condición espiritual por aquel tiempo?

Pues, esta metáfora de “las tinieblas” no podría describirlo mejor. ¡Así estaba yo! Es por esa razón por la cual creo que todo creyente debería igualmente reconocer el hecho de que vivía en tinieblas y alejado de Dios antes de la conversión. Y por lo tanto reflexionar acerca de dónde el Señor nos rescató, y valorar así, más y más esa luz admirable a la cual él nos trasladó, y que emana sólo de Cristo mismo. Debemos vivir ahora a los pies de esa luz, y tener comunión íntima y personal con ella por medio de La Palabra de Dios, el único medio cien por cien fiable, y de la oración. Yo nunca olvidaré lo que Dios hizo por mi cuando vivía en esas tinieblas (Juan 4:16).

¿Puedes contarnos un poco acerca de tu vida?

¡Claro! Al poco de nacer, mis padres se preocuparon al notar la extraña coloración morada que tenía mi piel. Me llevaron al médico, y éste, no sabía a qué se debía. Después de muchas pruebas se percataron de que sufría serios problemas de corazón, pero no podían operarme por el poco peso que tenía. Por lo tanto, estaba “en las manos de Dios” ¡Y lo estaba de verdad! Mis padres no creyentes desesperados, no sabían qué hacer. El médico les había dicho lo peligrosa que era la intervención, y un alto porcentaje de niños no sobrevivía ¿se imaginan?

¿Qué hicieron tus padres?

El dilema angustioso al que se enfrentaban mis padres era elegir entre una operación que me podía costar la vida, o no operarme y perderla igualmente. Pero la última palabra siempre la tiene Dios. Sin saber muy bien qué hacer, me llevaron a un curandero muy famoso, que decían que sanaba a las personas. ¡Pero no sané, sino todo lo contrario! Un día caí al suelo, me llevaron al Hospital y descubrieron otra enfermedad peor si cabe que la que ya tenía. Al final tan pequeñito tuve que sufrir dos intervenciones, y gracias a Dios, puedo contarlo ahora.

¿Qué recuerdas de tu adolescencia?

Bueno, ahora soy consciente de que el Señor me sanó de mis dolencias cuando aún era un bebé. Pero muchos años después, necesitaba algo, incluso mucho más importante: nacer de nuevo. A la edad de 17 años, mi vida parecía perfecta, tenía todo lo que un adolescente pueda desear, pero aun así sentía un gran vacío. Un vació que cada día se hacía mayor. Así fue como un día entré en una iglesia evangélica y desde ese momento, entendí que allí estaba mi camino, que nunca lo abandonaría, pues no hay nada comparable con la luz admirable de Jesús. Desde aquel momento todo en la vida comenzó a adquirir sentido y mis tinieblas se fueron disipando.

¿Cómo es tu vida en la actualidad?

Bueno, la vida nunca es siempre “color de rosa”, y el Señor no nos prometió que la viviríamos libres de problemas. De nuevo, me encuentro luchando con otra enfermedad, que me ha afectado mucho a un brazo, y con la que casi pierdo los dedos de un pie, tras una infección. No solo esto, pues he me he quedado con casi la mitad de la visión en uno de mis ojos, y en el otro también he sufrido pérdida. A pesar de ello, puedo decir con confianza, que nada me separará de su luz admirable.

¿Cómo te encuentras? ¿Cómo vives la fe en medio de la enfermedad que nos has descrito?

La verdad, es que a pesar de mis enfermedades y de mis otras luchas, y como dijo un hombre de Dios, sabio, ¡estoy mejor de lo que merezco! Ya que merecía lo que Cristo sufrió en mi lugar en la cruz, y sin embargo disfruto de su gracia y su perdón. Gracias doy a Dios por esa luz admirable, que nunca deja de brillar en mi vida. Y quiero recordarle a todos los que leen mi testimonio, que si está pasando por valle de sombra de muerte y le rodean las tinieblas, por muy oscuras y densas que estas le parezcan, la luz inigualable de Cristo puede disiparlas, y trasladarle a su luz admirable.